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Cuarentena rural: mi madre

Soy «la hija de Inma, la panadera, la de Casa Alegre».

Soy «la hija de Inma, la panadera, la de Casa Alegre».

Mi madre, protegida detrás del mostrador.


Antes del inicio de la cuarentena, salía casi a diario a pasear con mis dos hijas mellizas, Iria e Ixeia. Aunque tengo 36 años, la gente todavía me conoce como "la pequeña de casa Alegre" o directamente, como "la hija de Inma". «¿Qué Inma?», preguntó hace ya varias semanas una de las mujeres que hacía corro alrededor del carrito. «Chica, ¿quién va a ser? Inma, la panadera, la de casa Alegre», le respondió otra. Y la duda quedó resuelta al instante.

 

A las 7.10 de este día 9 del confinamiento, mi madre se ha ido de casa en dirección al despacho de pan en el que trabaja. Se ha puesto guantes, mascarilla y gorro, con el fin de protegerse a sí misma y a los demás. El coronavirus también está en el medio rural.

 

Mi madre ha crecido detrás de un mostrador. A los seis años, ya se subía a una caja de cervezas para alcanzar la máquina de café y servir a los clientes del bar regentado por mis abuelos, Pedro y Pili. Aunque se llamaba Bar Alegría, era más conocido como Casa Alegre.

 

La prioridad de aquel establecimiento siempre fue el cliente. La puerta se cerraba cuando el último parroquiano se bajaba del taburete y se abría a las 6.00 del día siguiente, hubieran pasado cuatro u ocho horas, fuera lunes o domingo. La rutina prevalecía hasta en días de fiesta. Y mi madre con ella.  

 

Al llegar los días de celebración en honor del patrón, Santiago Apóstol, mi madre recorría el velador de arriba a abajo con una destreza natural. Nuestras mesas y sillas llegaban hasta la cabina de teléfonos, donde empezaban las del establecimiento siguiente, el Bar Cajal, situado justo enfrente. Más allá estaba el Pub y después, el Bar Ven. Ninguno de los cuatro siguen abiertos. La plaza de mi pueblo es la perfecta postal de lo que llaman la España Vaciada.

 

A pesar de ello, mi madre sigue detrás del mostrador. Yo creo que lo suyo es pura vocación. A la panadería, aún acuden hoy clientes del bar de mis abuelos, atraídos por una cara amable y servicial. A diario, se puede ver a Jesús Durango, "Buro"; Antonio García, el de "Solís"; Pedro Pérez, "Pedrer"; o Gregorier Costa. Todos me han parado por la calle para ver a mis hijas o, como ellos dicen, «conocer a las nietas de Inma».

 

A mi madre le encantan los niños. Con mis hijas, desborda amor. También con sus clientes más pequeños. Nadie sale de la panadería sin un currusco de pan, un sugus o chupachus. Y es que mi madre lleva toda la vida al servicio de los demás, de los de fuera y de los de casa. Para mí, no existe mayor pilar. Por esa razón, antes de que esta mañana se fuese a trabajar, he comprobado que fuera bien protegida y he recogido los rizos más rebeldes dentro de su gorro.

 

Tengo ganas de volver a salir a la calle con mis hijas. De pararme delante de la panadería y que sean ellas las agasajadas. Para entonces, si el estado de alarma se sigue prolongando, ya habrán dejado atrás el biberón y podrán saborear el pan. Y, si vuelvo a encontrarme con alguna vecina despistada, que pregunte quién soy, yo misma le diré orgullosa: «Patricia, la pequeña de Casa Alegre, la hija de Inma».

 

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