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Invertebrados, la letra pequeña de nuestra naturaleza

Invertebrados, la letra pequeña de nuestra naturaleza

En el capítulo dedicado a los invertebrados del libro "Ecología en Los Monegros", dice el naturalista Javier Blasco: "Hay horas del día y días del año, en que en Los Monegros es posible no poder observar otra fauna que no sea la de invertebrados y es que son, con mucho, el grupo animal mejor representado tanto por el número de sus especies e individuos, por supuesto, como por su capacidad de utilizar todos y cada uno de los recursos que la estepa ofrece y ser por tanto omnipresentes".

 

Es así. Se calcula que en Los Monegros existen más de 4.000 especies de invertebrados. Sin embargo, si preguntamos a alguien por un animal que vuele en nuestra zona, nos hablará del cernícalo, las avutardas o cualquier otra ave; difícilmente nadie nombrará ninguno de los cientos de especies de insectos que vuelan en nuestra estepa. Si preguntamos por un herbívoro, nos hablarán de conejos y liebres, nadie se acordará de chinches, abejas, orugas, gorgojos y otros muchos insectos que se alimentan del polen, hojas y raíces de plantas, árboles y arbustos. Asimismo, si pedimos el nombre de algún animal que viva en nuestras balsas, oiremos hablar de sapos, ranas, alguna culebra de agua y el recordatorio de alguna vez que se ha visto algún ánade nadando en tal o cual balsa; pocos nos hablarán de barqueros, coleópteros acuáticos o larvas de libélulas.

 

Olvidamos que esos animales superiores, mamíferos, anfibios, aves... representan una mínima parte de especies respecto de los verdaderos amos de la adaptación y la diversidad animal: los invertebrados.

 

De lo dicho anteriormente, podría hacerse una comparación con lo que ocurre con los contratos, que el común de la gente se lee la letra grande y se cansa cuando llega a la letra pequeña porque es más difícil de leer, pero en ocasiones es más importante incluso que la letra grande.

 

La importancia de los invertebrados en general y de los insectos en particular para el medio natural es inmensa. Polinizan tanto plantas y árboles silvestres como cultivos y frutales, reciclan nutrientes en los suelos, los oxigenan con las galerías que construyen y actúan como verdaderas cuadrillas de limpieza, aprovechando tanto los cadáveres de otros animales como la madera seca y los restos vegetales y de las cosechas. Aunque hay que tener en cuenta que en ocasiones también pueden causar plagas y enfermedades.

 

La red de interacciones que tienen con otros organismos y su rápida respuesta ante las perturbaciones de ese medio, hacen de ellos uno de los mejores bioindicadores del estado y funcionamiento del ecosistema. Son el auténtico termómetro que marca la salud de nuestro entorno.

 

Para completar esta introducción al mundo de los invertebrados, hablaré de dos especies contrapuestas cronológicamente: la especie animal más antigua que en la actualidad sigue viviendo en Los Monegros y una de las especies que más recientemente se ha incorporado a vivir en nuestra zona.

 

La más antigua se trata de un pequeño crustáceo considerado el animal vivo más antiguo del planeta, pues data de la época de los dinosaurios (el Triásico) y lleva unos 230 millones de años sin apenas variaciones morfológicas. Pertenece al orden Notostraca, a la familia Triopsidae y se llama Triops cancriformis. El nombre de su género, Triops, hace mención a los tres ojos que posee, dos compuestos internos y un tercer ojo elevado entre ellos que le sirve para orientarse. Tienen un caparazón aplanado oval, que cubre la cabeza y los segmentos del cuerpo que llevan apéndices que le sirven para nadar. Lo podemos encontrar en algunas balsas de las que recogen agua de lluvia, donde se alimenta de restos vegetales, plancton, larvas de insectos y hasta renacuajos si se encuentran débiles. En ocasiones llegan a practicar el canibalismo cuando mudan el caparazón que los protege.

 

En su reproducción está el secreto de su supervivencia. Cuando faltan los machos, las hembras pueden reproducirse por partenogénesis, esto es, pueden originar descendencia sin ser fecundadas por los machos, mediante el desarrollo de las células sexuales femeninas. Además las puestas de huevos en el lodo, si las condiciones no son propicias, pueden esperar en diapausa (inactivas) decenas de años, aguantando sequías, heladas y cualquier inclemencia meteorológica hasta que encuentran las condiciones adecuadas para eclosionar y comenzar así un nuevo ciclo vital. A esto hay que añadir, que cualquier ave puede llevar de una balsa a otra algún huevo entre el barro que se pega a sus patas cuando van a beber o a buscar comida, favoreciendo así su dispersión.

Muy diferente es el caso del nuevo huésped que hemos encontrado recientemente en las zonas arboladas con pino carrasco en Los Monegros. Se trata de un chinche invasor procedente de Estados Unidos y Canadá que llegó hace unos años a Italia posiblemente en algún cargamento comercial (cosas de la globalización) y que después de extenderse por gran parte de Europa, ya ha llegado a nuestro alrededor.

 

Pertenece al orden de los hemípteros y a la familia Coreidae. Se llama Leptoglossus occidentalis - en ingles se le conoce como el "chinche de los piñones"- y constituye una plaga para los bosques de pinos, pues se alimenta de la savia de las piñas tiernas, dejándolas estériles e impidiendo así la reproducción. También daña los pinos recién nacidos, multiplicando de esta manera los problemas de regeneración en los pinares, sobre todo, si se produce una infestación severa de este chinche con un gran número de ejemplares.

 

Para ocasionar estos daños cuando se alimenta, cuenta con un aparato bucal llamado "rostro" y que es como un pequeño estilete con el que succiona la savia para su alimentación. También tiene la característica de ser un gran volador, lo que le permite colonizar zonas cada vez más amplias. Le gusta resguardarse de frío invernal en el interior de casetas de monte o construcciones abandonadas, donde llegan a juntarse un buen número de ejemplares. Pese a que llaman la atención por su tamaño (hasta 2.5 cm) y el ruido que hacen al volar, no constituyen ningún problema de transmisión de enfermedades para los seres humanos. Es fácilmente reconocible porque sus grandes patas traseras, tienen un aplastamiento en forma de hoja, característico en muchos insectos americanos.

 

Finalmente, vemos pues, que no solo están contrapuestos cronológicamente, sino que su interacción con el medio también es radicalmente opuesta. Tenemos al Triops, huésped "de toda la vida", perfectamente adaptado, discreto y sin causar el más mínimo problema. Y en contraposición está el Leptoglossus, recién llegado, llamativo, invasor de un medio que no es el suyo y que puede ser un quebradero de cabeza para el mantenimiento de nuestro bosque mediterráneo.

                                                                                                                                                 

                                                                                                                                                                                                                  Costán Escuer

22/07/2019

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